

Es de aspecto grande, fornido, despierto, con abundancia de tejido muscular, y estructura ósea fuerte.
Pesa alrededor de 45 kilos o más.
Extremadamente cariñoso por naturaleza, necesita este estrecho contacto con su dueño, pero seguirá manteniendo una actitud reservada ante un desconocido.
El Akita asombra por la “aparente” carencia de voz, nunca ladra de más, pero cuando lo hace conviene prestarle atención e investigar el motivo que lo ha llevado a ello.
Jamás debemos subestimar los instintos protectores de nuestros Akitas, el temperamento natural del Akita puede decirse que se compone de un 50% de docilidad, de un 25% agresividad y un 25 % de materia similar a la arcilla, la cual el dueño del animal puede moldear a su antojo.
Cuando debe enfrentarse con otros perros, asume el papel dominante y se muestra despierto. Y en algunos casos retrocede ante un reto. Con relación a sus dueños hace gala de un espíritu cariñoso, leal y protector.
Aparte de todo lo indicado, al Akita se le considera como un amuleto de buena suerte, cuando nace un niño o bien cuando hay alguien enfermo en la familia, se le ofrece como regalo una estatuilla de un Akita, como signo de protección. Merecedor de una confianza absoluta, se somete con gran paciencia y tolerancia a los tirones de oreja y de cola de los niños de corta edad, mientras procura que no les ocurra daño alguno y los pretejerá con su vida si es necesario contra cualquier intruso, ya sea hombre o animal.
